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Pedro Prieto Martín
Foto Pedro

Pedro Prieto Martín

Es el presidente fundador de la Asociación Ciudades Kyosei y el responsable de la coordinación de todos sus proyectos.

Tras pasar por las facultades de Ingeniería Informática -Universidad Complutense-, Ciencias Empresariales -Universidad de Alcalá- y Filosofía -Universidad Autónoma de Madrid-... su principal bagaje formativo es en "inquietud y ansia de desarrollo social". Los últimos años estuvo simultaneando estudios de Doctorado en e-Participación -Univ. Oberta de Catalunya- con su trabajo como Technical Lead en Hewlett-Packard Alemania, en un equipo de desarrollo extendido por China, India, Europa y Norteamérica.

Desde Octubre de 2006 dedica todas sus energías a los proyectos de la asociación, y en especial al proyecto de creación del Sistema Kyosei-Polis. Actualmente trabaja desde Guatemala, coordinando las últimas fases de análisis socio-técnico y socio-político del proyecto, así como el inicio de las fases de diseño participativo y de construcción del sistema, que se iniciaron recientemente y requieren un auténtico trabajo colaborativo.

Para más detalles, puede consultarse su CV o leer la presentación que sigue, con la que a finales de 2006 optó a un premio con el que pretendíamos financiar los trabajos iniciales de la asociación.




servicio suenhoAl servicio de un sueño (o la senda del “algo más allá”)


– […] You know, Pedro? It’s not going to be easy for the team to manage the next release without you. Even so, I understand your choice and I am happy that you are taking a decision that is going to be good for you on the personal side. What you are doing is quite courageous.
– Courageous, Francesco? But… I actually feel that I couldn’t do anything else! Everything seems to fit now so clearly… that I couldn’t help but follow this way. I have to chase my dream.
– But that’s not the usual way, Pedro. All of us have dreams, but for most people their dreams just remain… dreams; something you dream of doing, not something you actually do. Even if we all, even myself, sometimes wish we did different things from what we do, most times you just continue with your life and keep doing… what you do. […]

Recorriendo el camino entre la oficina y el apeadero de tren del pueblecito de Gülstein, ese fragmento de mi última conversación telefónica con Francesco, mi ex-manager en Hewlett-Packard, me revoloteaba por la cabeza. Durante las horas que siguieron a la llamada no había tenido oportunidad de pensar en ella, pues había estado demasiado ocupado despidiéndome –ya fuera por chat, e-mail, teléfono o físicamente– del resto de mis compañeros de equipo, repartidos por el mundo: el QA Team en Shangai, el grueso de nuestros programadores en Bangalore, Francesco y Ezio en Milán, mis propios compañeros de oficina en Alemania y otros cuantos colegas y amigos dispersos por todo Estados Unidos.

Pero después de extinguidas las últimas risas, descargadas las últimas fotos y apretados los últimos abrazos... caminaba por última vez, ya solo, hacia el apeadero, rememorando lo que Francesco había dicho. ¿Era realmente valiente lo que estaba haciendo, o era más bien algo natural e inevitable?
Lo cierto es que hasta ese momento no se me había ocurrido planteármelo en esos términos. Y un poco temerario sí que podía parecer: como Francesco me había señalado una vez más, sería muy difícil que lograse encontrar un puesto como ése que, tras seis años, abandonaba ahora voluntariamente, renunciando así a recibir cualquier finiquito o prestación por desempleo. No habría marcha atrás.
Sin embargo, ¿por qué habría de querer dar marcha atrás, si con estos pasos sentía que estaba por fin aproximándome a mi “vocación”? Gracias precisamente a esa renuncia, pronto sería capaz de concentrarme al cien por cien en la consecución de esos sueños esquivos que durante tantos años anduve persiguiendo por la senda del “algo más allá”. ¿Valiente pues, o inevitable? Tal vez ni lo uno ni lo otro, sino... “algo más allá”. Una vez más, esa dichosa senda que ni sé bien cuándo comenzaría a transitar.

Quizás fantaseaba ya con ella cuando, con apenas cinco años, cada día en el recreo compartía con Roberto Poveda, mi más íntimo amigo, las andanzas que la noche previa habíamos tenido, volando en sueños al “Castillo del Mal”. O quizás fuera más tarde, ya con ocho, que leí mi primer “libro-juego” y me quedé cautivado con su intrigante consigna: “elige tu propia aventura”. O tal vez tuviera todo más que ver con los mil y un estímulos que me proporcionaban mis nueve herman@s. No lo sé.
Lo que sí es claro es que vislumbré la senda, con claridad, aquella noche en que, con 13 años, y durante una expedición nocturna por los parques de Sevilla con mis compañeros de 8º curso, en mitad de nuestro viaje de "fin de la EGB", me quedé leyendo “La leyenda de Huma” bajo una farola mientras el grupo hacía una larga parada para escuchar la música de un concierto cercano. Cuando retomaron la marcha, por supuesto, ni me enteré. Estaba ya persiguiéndoles cuando Pilar, mi profesora de Ciencias, volviendo sobre sus pasos a buscarme, me encontró. Sensiblemente alterada, me explicó mientras tiraba de mí en pos del resto: “¡Pedro!, se puede ser especial, ¡pero no raro!”.
Pasados la vergüenza y el susto, tomé lentamente consciencia de lo que, involuntariamente, Pilar me había enseñado en esa apresurada marcha: “Cuesta mucho ser tú”. Tienes que ser muy tú para ser tú mismo... y así saber encontrar tu propio camino por entre esas sendas estrechas que la sociedad sanciona. Y ante disyunciones del tipo “¡es o esto, o esto otro!”, ser capaz de escudriñar tu propio “algo más allá” que, bordeando peligrosamente en el límite entre lo especial y lo raro, trascienda a ambos.
El caso es que la vida siguió, y fui creciendo entre libros y teatro, amigos y juegos, familia y amores... hasta que, tras la selectividad, inicié estudios de Ingeniería Informática en Madrid, fascinado como estaba por los “milagros” que esas enigmáticas máquinas eran capaces de hacer y ansiando entenderlas. La Escuela de Informática acababa de ser creada y le asediaban los problemas, así que desde el comienzo me impliqué fuertemente en la Delegación de Alumnos. Acudía cada día a las clases desde Alcalá, leía, socializaba y...

¡Ups! En Alemania, entretanto, escuché campanillas y vi cómo la barrera de la vía del tren comenzaba a bajar lentamente allá al frente. Mi primer impulso fue el de echar a correr, como tantas otras veces, para alcanzar el tren... pero me refrené: hoy no era día de carreras; me haría hasta bien esperar ensoñado treinta minutos hasta que llegase el siguiente convoy.

Fue el 96 en que se dio el gran salto. Tenía sensación de estar viviendo demasiado cómodamente, y por ello fue que inicié el año decidido a probar mis límites: me propuse asumir cuantos desafíos se me presentasen. Sólo empezaría a rechazar “laberintos” cuando no diese ya más abasto. Pero ocurrió que en ese año confluyeron tantos retos, proyectos y casualidades que me vi forzado a saltar como nunca sobre mi propia sombra... y sin darme muy bien cuenta de lo que hacía, me adentré sin remedio en la senda del “algo más allá”.
En el TELA, el grupo de teatro que desde los 12 años me había visto crecer, continué actuando: como Olegario recibimos un premio al mejor actor y otro al mejor montaje. Desde que cumplí los 18 formaba parte de su junta directiva, pero en ese año 96 y ante un momento de crisis, nos arremolinamos varios miembros en torno a un proyecto y pasé a ocupar la presidencia. Intensifiqué asimismo mi trabajo en la Delegación de Alumnos, representándola en varios encuentros de nivel estatal. Y durante el verano participé en un Campo de Trabajo en Rumania. Fue también en aquel verano que ilusionado llegué a la conclusión de que amor era ternura, era confianza y era comunicación, combinadas en sus proporciones máximas; y así fue que amé como nunca... y así que mi corazón, como jamás, fue desgarrado. Pero desgarrado para germinar al poco aún con más fuerza, y ahora sí definitivamente convencido de que si bien el amor consigue en ocasiones ser algo más que la amistad, nunca nunca nunca puede ser menos que ella.
Pero, entretanto, como la “guerra de los sexos” me preocupaba mucho y estaba convencido de que el machismo dañino de nuestras sociedades sólo puede resolverse si ambos géneros avanzamos de la mano, sintiendo además que era a los hombres que nos tocaba mover ficha... pues opté por matricularme en cursos sobre Teoría Feminista y sobre Fundamentalismos e Intolerancia y participé, como su primer miembro varón, en el Comité Asesor Universitario de la revista Cosmopolitan.
¿Te cansas ya, Pedrito? ¡Pero si estás empezando! Porque mucho más grave fue que, tomando consciencia de que la complejidad de los sistemas informáticos se quedaba pequeña al lado de la de las organizaciones humanas que los utilizan, diera ese año el primer paso para convertirme en el estudiante irredimible que ahora soy: empecé a estudiar Administración y Dirección de Empresas en Alcalá. Y ya puestos a “jugar” a las empresas... organizamos un equipo que tras muchas rondas clasificatorias acabaría campeón del concurso Directivos 96. Y...
Y no es necesario seguir contando, que lo de menos es cuánto se hiciera, sino lo que de ello quedó. Y lo que quedó fue un deseo, del que ya no pude jamás librarme, de intentar ir más allá y de mezclar perspectivas y ocupaciones, en una perenne búsqueda de un “más allá” más humano.
En los años siguientes vendrían muchas cosas nuevas: mis prácticas laborales y esa Alemania donde tras un Erasmus hube de vivir 6 años; y los estudios de Filosofía y mi primer auténtico trabajo; y los teatreros Titiriteros y el Máster en Sociología; y mi descubrimiento de Latinoamérica a través del Pensamiento Latino y los amigos esparcidos por el mundo entero; y mi año en Brasil y la Participación Ciudadana; y Maider, linda Maider, que tuvo a bien convertirse en mi esposa y en la compañer@ de mi alma, aunque hasta ahora hubiera siempre de vivir lejos de mí; y...

...ahí es que llegaba otra vez a mi punto de partida, a ese sueño del que le hablara a Francesco por teléfono.
Mi “más allá” preferido y proyecto de vida: exprimirme la voluntad, la imaginación y el intelecto para, combinando mis conocimientos y los de todo aquel que se me arrime, lograr que Internet pueda ser utilizado para que nuestras sociedades maduren por medio de la Participación Ciudadana; y poder hacerlo al lado de la persona a la que amo.
Así como Internet ha revolucionado ya la economía y globalizado las finanzas, deseo que pueda ahora hacer también algo más de nuestros sistemas políticos y de nuestras democracias. De eso es que trata mi amado “Proyecto e-Participa”: de contribuir a crear una plataforma de participación ciudadana, que haga más fácil que trabajemos todos juntos por el bien común.
¿E Internet va a lograr todo eso?, me preguntará cualquiera en su sano juicio. No, Internet es una herramienta, y por sí sola no hace nada; y mucho menos cambiar la substancia de que estamos hechos los ciudadanos de este siglo XXI.
A lo que Internet sí que puede contribuir es a que muchos más ciudadanos puedan reconocer, mejor y con más fuerza, sus propios intereses y sueños; y a que encuentren con más facilidad a aquellos deseosos de luchar sus mismas luchas. Son ellos juntos, los que harán el resto.

Así que, Francesco, no hay vuelta atrás; ni vuelta alante; sino tan sólo... el anhelo insoslayable de un “algo más allá” que es mucho más grande que yo.


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